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UNA CARTA SOBRE EL CASO WOODWARD, ESCRITA POR DOÑA HELEN, APARECIÓ EN EL MERCURIO DE VALPARAÍSO. A CONTINUACIÓN, UNA CARTA DE RESPUESTA ESCRITA PÒR AMIGOS DE MIGUEL Y ENVIADA A EL MERCURIO EL 27 DE DICIEMBRE.
Bienaventurados los que no hemos sido compañeros de colegio de doña Helen. Pues, a juzgar por su carta, si un hermano nuestro hubiese sido asesinado y si buscásemos su cuerpo, y también la verdad de lo ocurrido y la justicia que castiga a los culpables, entonces doña Helen declararía “no poder comprender” nuestra búsqueda y nos acusaría de “profundizar las diferencias y exacerbar los ánimos” y de perseguir tal vez “una recompensa económica”. ¡Vaya compañerita que hubiésemos tenido!
La Sra. Helen no comprende que alguien pueda amar a su hermano.
La Sra. Helen no comprende que sepultar los restos de un familiar fallecido es una actitud propia de todo el género humano.
La Sra. Helen no comprende que hay no uno, sino mil hermanos y hermanas Woodward asesinados y que los criminales viven en este instante a la vuelta de la esquina.
La Sra. Helen no comprende que podamos perseguir la verdad y amar la justicia.
La Sra. Helen no comprende que ocultar la verdad y promover la impunidad de los homicidas es ser cómplice del crimen cometido contra un hermano.
Las diferencias cuya profundización le duele son las diferencias entre los criminales y las víctimas.
Los ánimos cuya exacerbación le duele son los ánimos de los criminales.
La reconciliación que añora es que traicionemos a nuestros hermanos muertos.
La Sra. Helen no comprende que hay perdones que son imposibles y que los posibles son fruto de la verdad y la justicia.
(La Sra. Helen de seguro tampoco comprende que después de 100 años venga el gobierno a decretar “duelo nacional” por la matanza de la Escuela Santa María de Iquique).
Cuando Caín mató a Abel, la Sra. Helen (que reconoce en Miguel un “representante de Cristo”) no habría comprendido qué hacía el Señor preguntando “dónde está tu hermano Abel” y buscando al culpable de un “hecho tan lamentable”. Y, lamentablemente para ella, la sangre de Miguel Woodward, la de todos los luchadores sociales y la de todos los niños muertos por las instituciones de la dictadura, siguen “gritando hacia el Señor desde el suelo”; y el Señor, lejos de “perdonar” y “reconciliarse” con Caín, lo maldijo.
La Sra. Helen ancla su “no poder comprender” en la “raigambre británica” de su familia. Ouh, what a pitty! ¿Qué ha hecho la respetable colonia británica que habita entre nosotros para ser ultrajada de este modo?
A falta de “comprender”, la Sra. Helen especula: “pareciera que”, “pudo”, “lo último que quisiera pensar”. No comprende tampoco que sus especulaciones podrían volcarse contra ella misma. Así, primero, “pareciera que” la carta de la Sra. Helen no sólo ha sido publicada en “el momento inoportuno”, el día de navidad, sino que, por faltar el respeto a las víctimas, ciertamente jamás puede ser oportuna; segundo, la Sra. Helen, en su carta, “pudo haber representado una posición que no le correspondía”, es decir, la posición de los victimarios; en fin, “lo último que quisiera pensar es que” doña Helen “busca una recompensa”, a saber, la imposible tranquilidad de los que llevan en su corazón la insoportable sangre del justo al que mataron.
Amigos de Miguel Woodward









